Los nuevos presupuestos de la Comunidad de Madrid eliminan todas las ayudas por nacimiento
¡Estoy de acuerdo con algo que ha hecho Esperanza! Sí, estoy preocupado, creo que por primera vez estoy de acuerdo con una medida tomada por el gobierno de Esperanza Aguirre: eliminar el llamado cheque-bebé. Menos mal que la Asociación de Familias Numerosas está en contra y, por tanto, en desacuerdo conmigo, un consuelo.
En un momento en que se habla tanto de progresividad de los impuestos, en que se quiere hacer pagar igual a los Cristiano Ronaldo que a los Villa, en que se comenta el escándalo de las SICAV, algunas voces –escasas– han planteado que se aplique este mismo criterio de progresividad a las ayudas por nacimiento: ¿por qué la familia de la hija de Leticia Ortiz merece los mismos 2.500 euros que la de alguien cuyos ingresos no lleguen a los 1.000 euros al mes? Pero yo quiero ir un poco más allá: ¿por qué hay que dar dinero a una persona o personas por tener un hijo o hija o más?
En este momento en el planeta somos más de 6.800 millones de seres humanos. A todas luces una plaga, más si pensamos que en 1968 éramos 3.500 millones. Cuando otras especies –como los topillos que alegraron los telediarios del verano pasado– crecen a eso velocidad, ése es el nombre que recibe el fenómeno.
Como plaga que somos, estamos agotando los recursos que nos sustentan, especialmente el agua, y vivimos en un país que año tras año da pruebas de ello. Casi hemos terminado con los combustibles fósiles y en el proceso de acabar con ellos hemos alterado el medio en el que vivimos hasta el punto de poner en peligro no sólo el futuro de nuestra especie –lo que no dejaría de ser justo–, sino el de otras especies que no tienen ninguna culpa de nuestra capacidad infinita de esquilmarlo todo.
Hay otras especies, sobre todo insectos, que cuando por su crecimiento excesivo acaban con el medio en que viven, mueren masivamente y algunos individuos se trasladan a otro medio propicio donde vuelve a empezar el ciclo. El problema es que nuestra especie no tiene la posibilidad de trasladarse a otro medio ya que parece que lo del agua en Marte o en la Luna no está tan claro.
Los argumentos que se han ido dando a favor del crecimiento de la población han ido evolucionando con el tiempo. Desde aquellos que animaban a las mujeres a parir hijos para la guerra, pasando por los regímenes que sólo apoyaban el nacimiento de seres racialmente puros, hasta los más actuales de la necesidad de sustentar los sistemas de pensiones.
No voy a hacer una valoración de los dos primeros argumentos porque creo que se descalifican por sí solos. El argumento de las pensiones es falaz y se basa –como tantas cosas en este sistema– en la creencia de la posibilidad del crecimiento infinito. Es falaz por que los años que un ser humano tarda en ser productivo, económicamente hablando, en muchos casos superan a los que recibe esa pensión para cuyo mantenimiento fue concebido; además, durante esos años, genera una serie de gastos en educación, sanidad, etc. que se pagan con fondos salidos de la misma caja que las pensiones. Y, por último, con las cifras actuales de esperanza de vida, lo más probable es que ese ser humano llegue a cumplir sesenta y cinco años y sea a su vez pensionista, con lo cual tendrán que nacer más seres humanos para que paguen su pensión, con lo que llegamos a la idea tan extendida en el capitalismo de que todo puede crecer hasta el infinito.
Lo sensato, pues, parece que sería apostar por el control de la natalidad. Y si no con ayudas –ya sabemos cómo se ponen los líderes religiosos de todo pelaje con estas cosas–, al menos sí con información. Y desde luego que no se destinaran recursos a animar a la gente a tener descendencia. Con el tiempo, una vez que alcanzásemos cifras razonables de población humana –según autores como Paul R. Ehrlich, unos 2.000 millones de habitantes en la Tierra–, quizá se podría apostar por un modelo basado en el recambio generacional, vamos, los clásicos 1.5 hijos o hijas por mujer. Mientras tanto, que la gente tenga los hijos que quiera, no faltaba más, pero que nuestros impuestos no acaben en bolsillos como el de la portavoz de la Asociación de Familias Numerosas que tiene ni más ni menos que siete. ¡Con la de falta que hacen los cuartos para otras cosas!








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