Zarzo Abierto

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Tag:cine

Celda 211El 21 de Febrero de 1977, a las 8,30 de la tarde,nueve presos ocupan las terrazas del hospital penitenciario de la prisión de Carabanchel, en Madrid. En sus manos llevan varias pancartas reivindicativas de libertad y amnistía y una bandera que, al desplegarla, deja ver un enrejado mapa de España y una leyenda: COPEL (Coordinadora de Presos Españoles en Lucha). Este motín breve y sangriento, constituye el acto de presentación pública de la primera organización de presos del Estado español. A partir de entonces, será la que encauzará todas las acciones, reivindicaciones y comunicados de los hombre que componen lo que se hado en llamar "la poblacion reclusa". Continúa leyendo la historia de la COPEL

 

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“The Hurt Locker” arrasó con los Oscar, ganó a la ¿favorita? Avatar y por primera vez una mujer, Kathryn Bigelow, se lleva el muñequito dorado como mejor directora. Es noticia, claro. Como Obama, el primer negro que llegó a la presidencia de los Estados Unidos. ¿Vientos de cambio? No, que va.

The Hurt Locker” no tiene traducción clara al español, idioma en el que se conocerá como “En Tierra Hostil”, “Zona de Miedo” o “Vivir al límite”. O bien,  podría haber sido “El muchachito bueno y temerario que es adicto a la guerra”, o mejor: “Menos mal que estamos nosotros, los marines,  acá en esta ciudad tan fea y violenta”.

La ciudad fea y violenta es Bagdad. El muchachito es el sargento de primera clase de la Armada de Estados Unidos William James (Jeremy Renner), un temerario especialista en desarmar bombas.

Lo vemos una y otra vez, lidiando con artefactos chiquitos y grandes, ora en un suburbio de Bagdad, ora frente a oficinas de las Naciones Unidas… en la segunda mitad del filme (dura algo más de dos horas) se adentra por su cuenta a las calles oscuras para investigar a los terroristas que arman bombas. También, en una mala tarde, sostiene un duelo de francotiradores en las afueras de la ciudad fea y violenta… así acaba su rotación, y vuelve a casa.

“Los terroristas estacionan un camión en un mercado, regalan caramelos… y explota”, le cuenta a su mujer Connie (Evangeline Lilly, la Kate de Lost) una tarde de lluvia en su bella casa: “Necesitan más técnicos en bombas”, explica nuestro héroe. Y vuelve, claro, a la ciudad fea y caliente y violenta. Fin. Aplausos. Mejor película, mejor dirección, mejor guión original, y otros tres muñequitos más… ahora, a distribuirla en América Latina. Los hombrecitos dorados atraen como nada en los afiches de los cines. Más millones garantizados. Más propaganda de guerra.

Más allá de sus cualidades técnicas y narrativas, cuestión que no compete abordar aquí, “The Hurt Locker” es, esencialmente, propaganda de guerra. De una guerra de ocupación que ya lleva siete años y donde murieron, según cálculos muy conservadores, al menos 100.000 civiles (1), otros, indican que esa cifra supera el millón de personas (2). El detalle de las bajas estadounidenses es más puntilloso: 4.698, hasta ayer (3).

Sin embargo, en la gran ganadora de los Oscar nuestros héroes jamás disparan sus fusiles si no están seguros de que el civil que tienen enfrente representa una amenaza. Se ponen nerviosos, sí. Hasta tienen miedo, pero no disparan. ¿Quién mató entonces a tantos civiles en Iraq? Nuestros héroes, seguro que no.

Por el contrario, allí vemos cómo los marines ayudan a mujeres a salir de zonas peligrosas, a coroneles estadounidenses conversando amablemente con ciudadanos iraquíes, al sargento James desesperado porque no puede quitar un corsé de explosivos a un civil al que los malos, los terroristas, obligaron a convertirse en hombre bomba.

En “The Hurt Locker” puede verse, también, a un grupo de “contratistas” británicos asesinando a dos detenidos (valen 250.000 libras, vivos o muertos). Eso sí, antes nos aclararon que los dos detenidos son dos terroristas muy buscados y una escena más adelante, el sicario muere también. ¿Justicia divina?

Como sea, en esta guerra de Hollywood los ciudadanos de bien podemos sentirnos tranquilos. Mueren los terroristas, pero también sus matadores poco ortodoxos.

Nuestros héroes desean fumar marihuana, pero no la consumen, sólo alcohol. Desean irse de putas, pero no van. Desean ser buenos soldados, pero no saben si lo han logrado. Eso sí, en esta guerra de Hollywood, nadie se pregunta qué hacen nuestro héroes tan lejos de Kentucky o Minnesota.

En “The Hurt Locker” los civiles iraquíes, ésos que ya han muerto por centenares de miles, son hostiles, pero no mucho. En un pasaje del filme, nuestros héroes viajan en un vehículo blindado mientras unos niños les arrojan piedras, el plano siguiente es una subjetiva desde dentro del vehículo, ahí podemos ver las caras de los querubines, están sonriendo. En la guerra de Hollywood los niños no sufren ni repudian, ni mueren,  juegan.

Mientras, los marines desarman bombas. Y es que en Iraq son tan necesarios como en la Haití post terremoto, en la Colombia del “narcoterrorismo” o en el Afganistán del inasible Osama. Y para los que tengan dudas de la necesidad que tenemos de que los marines sean la policía internacional, están Hollywood y la primera directora ganadora de un Oscar, y el primer presidente negro, galardonado con el menos glamoroso pero siempre efectivo Premio Nobel de la Paz.

¿Qué sigue en Hollywood? ¿Un filme sobre Yemen? ¿O sobre Venezuela? Ése ya está listo, el protagonista es Sylvester Stallone y se estrena en agosto.

(1) iraqbodycount.org

(2) justforeignpolicy.org/iraq

(3) icasualties.org

Fuente: http://questiondigital.com/2010/03/08/hollywood-o-como-quedarse-para-siempre-en-irak/

 

Mandela o FreemanEn 1990, Frederik Willem De Klerk firma la excarcelación de un símbolo sudafricano e internacional. Para algunas eso fue el principio del fin para la Sudáfrica fascista que tanta sangre (negra) había costado verter. Para otras comenzaba un nuevo tiempo, propicio para la venganza después de tantos años de salvaje exclusión. Pero Nelson Mandela fue capaz de decepcionar todas las tendencias, salvando las tibias posturas intermedias.

No sólo no vieron cumplidas sus expectativas el fascismo y la venganza, también siguió existiendo un apartheid económico con un claro paralelismo en lo étnico, aquello que muchos de los miembros de su partido ponían por encima de lo racial, aspirando al panafricanismo y al socialismo. Se encontraron, después de tanta espera, con la falsa y siempre decepcionante socialdemocracia. A pesar de todo Mandela consiguió el cambio que anhelaba, una aspiración justa y lógica; la abolición del apartheid y la reconciliación nacional. Probablemente evitó un baño de sangre traducido en guerra civil a costa de renunciar a las aspiraciones ideológicas que movieron a la constitución del Congreso Nacional Africano tales como la reforma agraria o el reparto de la riqueza.

De cualquier manera hay que reconocer que una persona que aguanta 25 años en la cárcel sin claudicar y pierde a toda su familia por su sacrificio político o es un loco o alguien excepcional por su coherencia. Y Mandela no parece un loco.

John Carlin, Morgan Freeman y Clint Eastwood nos cuentan, a traves de una historia deportiva de las que tanto le gustan al periodista hispano-escocés, cómo un político inspirado descubrió la manera de unir a su pueblo, absolutamente fracturado, mediante una inesperada gesta deportiva. No con argumentos o con hechos, sino con patriotismo y más circo. Que en plena crisis económica, al borde de una nueva reforma laboral (¿porque darán tanto miedo, será porque en 35 años nunca han beneficiado a las trabajadoras/es?), nos aumenten la dosis de balompié parece un burdo somnífero para el pueblo. Allá en 1995, cuando Mandela era el Presidente de la República de Sudáfrica, perduraban como almejas asidas a las rocas todos los símbolos del apartheid. Entre ellos, los deportivos. Los negros jugaban al fútbol en los eriales de Soweto mientras los blancos practicaban rugby en campos verdes y bien regados. El equipo de rugby, los Springboks, era uno de esos símbolos de poder de los blancos. No son pocos los seguidores de Mandela que se sorprenden al ver la actitud de su lider, quien siempre animó a cualquier equipo, el que fuera, que se enfrentara a los Springboks y, en ese momento se convirtió en su gran apoderado. El equipo sólo contaba con un negro entre sus filas, Chester Williams, en un pais con un 85% de población negra. Obviamente era poco representativo a nivel demográfico y una auténtica alegoría del apartheid. Respecto a lo seguidores del equipo hay poco que decir que no sea deducible; afrikaners y bóers. En la ratonera en la que se convirtió el estadio de la final de la Copa del Mundo de 1995 entró Mandela, luciendo camiseta de los Springboks, entre aplausos de un público multirracial que había olvidado sus rencillas anteriores para animar a su equipo nacional. Negros que olvidaban su pobreza frente a la riqueza de sus vecinos blancos, blancos que olvidaban la repugnancia que les llevó a confinar y tratar de exterminar a los negros y una auténtica orgía de olvido elevó en palmas a los héroes nacionales que acabaron con el invencible rival, llevando el país a la reconciliación y la endogámica pobreza del capitalismo. Un reflejo fiel de la utilidad del deporte de masas en los tiempos que corren.

Al margen de panfletos, la película tiene el sello de Eastwood pero sin su genialidad. Convierte en relato deportivo a la americana una película que, en el fondo, tiene poco de deportivo. Las escenas tópicas de la población absorta mirando a la televisión, las de reconciliación imposible negro-policía, las de abrazo o sonrisa cómplice entre enemigos irreconciliables unidos por el rugby son creíbles en historias ambientadas en Ohio, por ejemplo, pero no en Sudáfrica. Aunque lo cierto es que nunca he estado allí y el imperialismo cultura es bien capaz de conseguir cosas parecidas e, incluso, peores.

Para despedirme y hacer frente a la despiadada crítica -para evitarla no diré que Matt Damon pasa por la cinta sin pena ni gloria- “contra todo y contra todos”, que diría mi madre, tengo que alabar la interpretación de Morgan Freeman. Un tipo con esa presencia, la familiaridad que despierta, la simpatía, incluso hasta cierto cariño, consigue con su oficio que te olvides del actor y lo confundas con el personaje, en este caso un Mandela extraordinario que servirá para mitificar aun más a un mito vivo que, a pesar de todo, se merecía un homenaje como este.

 

 

Un mañana, en un rodaje, un actor veterano y respetado empezó a hablar con un joven colega. Se trataba, tan solo, de un recién llegado que no había participado en más de ocho o diez películas, pocas buenas. Pero el talentoso viejo actor descubrió que su compañero tenía ciertas habilidades, a pesar de ser, hasta el momento, uno de esos muchos perdedores del gran montón de perdedores que acumula un sistema tan voraz como el que reina en Hollywood. Robert, el actor consagrado, decidió ayudar a Scott que, a pesar de no contar con padrinos o mecenazgos, parecía escribir bien. Después de semanas en el set, le recomendó que se dedicara a lo que realmente quería dedicarse y para lo que parecía tener habilidad, que contaría con su apoyo. También le dijo que ser un buen actor no era tan fácil como alguno/a creía, que no consistía en hacer gestos frente al espejo y hablar grave y cascado. Le habló de su amigo Jeff, que había vivido siendo grande, había sobrevivido haciendo de todo y hoy, con sesenta años, sería perfectamente capaz de interpretar al personaje que fascinaba últimamente a Scott; un perdedor, alcohólico, abúlico y desengañado y, a un tiempo, un poeta sabio y generoso.

Corazón Rebelde no es la primera historia que nos cuentan sobre el perdedor redimido, enamoramiento y desintoxicación mediante, pero si la primera de Scott Thomas (director). Y se ve que tiene ojo el pupilo de Robert Duvall (productor y actor). El gran cine ha tenido mejor puntería, en lineas generales, con los perdedores. Quizás porque las tramas no son tan flexibles hacia el exceso, quizás porque nos identificamos con esos personajes; desde el Eddie Felson de "El Buscavidas", hasta El nota de "El Gran Lebowski", pasando por el suicida Richard Farnsworth de "Una historia verdadera" -tan cercano a nuestro perdedor de hoy, al menos geográficamente- o por cualquiera de los Bukowskis del cine, el de Factotum, por ejemplo. O quizás, estos perdedores son los héroes que nos gustaría ser. Porque Bad Blake, el cantante de country en horas bajas que recorre un sur desértico en una camioneta desvencijada, tiene muchos de los defectos que podemos reconocer en nosotros mismos y algunas de las virtudes de las que carecemos.

Blake tiene, además, un pasado de éxito, con el fundamento del buen country que hoy escucha y escribe, un alumnillo aupado a estrella por convertir las raíces (those roots music) en melifluas sintonías para radio fórmulas y una sempiterna botella de güisqui entre los labios. Pero llega una oportunidad inesperada encarnada en una periodista "de condado" (lo mismo que ser aquí periodista "de provincias") que, contra todo pronóstico, provoca que Bad se enamore. El último cartucho.

Suena a tópico y lo es pero algo especial tiene este perdedor. Puede ser que le acompaña una música excepcional que podría hacer que más de uno se reconciliara con el country. O un guión serio y natural. Y unas interpretaciónes sobrias por parte de todos y todas, si exceptuamos la del pipiolo Colin Farrell que no encaja en un personaje que, a pesar de tener que sentarle como un guante, le queda grande.

Otro tópico, enorme y en muchos casos imperdonable, es el del final feliz. Por circunstancias personales se trata de un final que esperaba, como si viéndolo se pudieran exorcizar algunos malos augurios. Obviando las pequeñas confesiones, creo admirable la capacidad de los yanquis a la hora de hacer películas que podrían ser francesas si fueran un poco más aburridas. Y que te dan el final que esperas para pensar que la vida supera a la ficción también, ojalá, en lo positivo. Y en este caso concreto, volviendo al confesionario, me hace reconciliarme con esos grandes amigos, alcohólicos algunos de ellos, llenos de talento dipsómano y que, a pesar tener una piedra pómez por hígado, aun tienen muchas oportunidades. Va por tí, W.

 

 
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