Martes, 09 Febrero 2010 Escrito por Hombres Hombres
Si preguntamos a nuestros adolescentes de 1º de la ESO qué entienden por sufragista, posiblemente se declararán ignorantes sobre el término y tan desconcertados como si les mostrásemos un reproductor portátil de audio, los otrora populares walkman, hoy verdaderas piezas de museo. En la historia de la humanidad, por el contrario, no existen las piezas de museo; existen lecciones vivas que nos permiten comprender nuestro presente y no tropezar dos veces con la misma piedra.
En el s. XIX, un número creciente de mujeres tomaron conciencia de su discriminación social y política. Pasaron del pensamiento a la acción y reclamaron de forma pública, razonada y no violenta el ejercicio de un derecho que hoy nos parece natural e indiscutible, como es el derecho al voto. Su pensamiento era que si accedían al sufragio, podrían ser ciudadanas de primera categoría, rompiendo gradualmente con la tutela jurídica y política que el varón ejercía sobre ellas. Una vez adquiridos esos derechos, podrían desarrollar otros aspectos de su dignidad y su impulso emancipador. Fue un movimiento pensado, organizado y realizado en femenino, que duró muchas décadas.
La reacción al sufragismo osciló desde la condena, el menosprecio y la ridiculización, hasta la persecución activa. En lo general, se trató de una reivindicación de una parte de las mujeres hacia la sociedad regida por varones y, más allá de las personas concretas, regida por valores identificados y reservados como masculinos. Esos mismos hombres debían reconocerles el derecho que ellas reclamaban. El pulso por el cambio se presentaba muy desigual y una labor realmente titánica. ¿Qué se pensaban esas mujeres que sacaban los pies del tiesto del ámbito doméstico y creían ser iguales, e incluso capaces de entender de política, y osaban demandar cambios radicales?
Unos pocos varones tuvieron la lucidez de apreciar quién llevaba razón en semejante disputa. Y unos pocos de entre ellos mostraron el coraje de defender públicamente lo que ellas expresaban: que negar el voto a las mujeres era una indignidad que deslegitimizaba y pervertía el orden social. Negar el voto femenino implicaba un sometimiento jurídico semejante al que inspiró la esclavitud. Este argumento no constituía una cita retórica; precisamente en el s. XIX Europa abolió formalmente la esclavitud, practicada masivamente entonces sobre mujeres y hombres de diferentes poblaciones africanas. Muchas sufragistas en los EEUU fueron también abolicionistas. Las y los oprimidos pueden reconocerse sin apenas confusión cuando coinciden en el vagón de tercera del tren de la sociedad. Uno de esos vergonzosamente escasos varones que colaboraron activamente con aquellas pioneras sufragistas, uno de nuestros hombres, hombres, al menos en este aspecto concreto por el que lo traemos a consideración, fue John Stuart Mill (1806-1873). En 1866, siendo diputado en el parlamento británico, presentó una propuesta para implantar el derecho al voto de las mujeres. Recordemos que la jefatura del Imperio Británico la detentaba en aquel entonces, ironías de las monarquías, una mujer. La propuesta de J.S. Mill no prosperó, ¿les sorprende?
Los esfuerzos de las sufragistas continuaron hasta que en 1928 las británicas disfrutaron por primera vez de este derecho, negado persistentemente hasta aquel momento por la mayoría de los parlamentarios, recordemos lo obvio, todos ellos varones. En el caso de España, la Segunda República llevó esta cuestión a la altura del s. XX y estableció el derecho al voto femenino, unos pocos años después.
Nuestro hombre, hombre, escribió La esclavitud femenina. En esta obra explica con la mayor claridad “La satisfacción orgullosa que infunde la posesión del poder, el interés personal que hay en ejercerle, no son, en el dominio de la mujer, privilegio de una clase: pertenecen por entero a todo el sexo masculino.
No hay pues manera de alegar la existencia de este régimen como argumento sólido en favor de su legitimidad; lo único que puede decirse es que ha durado hasta el día, mientras otras instituciones afines, de tan odioso origen, procedentes también de la barbarie primitiva, han desaparecido; y en el fondo esto es lo que da cierto sabor de extrañeza a la afirmación de que la desigualdad de los derechos del hombre y de la mujer no tiene otro origen sino la ley del más fuerte.”
Este texto conserva su vigencia; la historia no ha concluido. Por mucho que algunas circunstancias hayan cambiado, la raíz de la desigualdad social e interpersonal entre los géneros sigue siendo la misma: una relación de dominación y desvalorización sistemática, universal y poco visible para quienes la ejercen y para quienes la sufren. En palabras de Mariano Nieto Navarro, que podemos leer en Heterodoxia , los “privilegios odiosos” que nos arrogamos los varones, sin reflexión pero con abundantes justificaciones y racionalizaciones. Si ignoramos el origen de la discriminación de género y de su secuela inevitable, la violencia de género, nunca comprenderemos las relaciones entre hombres y mujeres. Nos sentiremos perdidos ante los conflictos de género. Negaremos o minimizaremos la realidad de la violencia de género en la pareja, que en la Comunidad de Madrid persigue al 10% de la población femenina adulta, según los estudios de diversos organismos públicos.
Victoria Camps escribió en 2001 una introducción lúcida al libro Mi marido me pega lo normal (Ed. Planeta, colección Booket, 2009), de Miguel Lorente. En ella hace referencia a la lucha por la igualdad política, aparentemente lograda en lo fundamental en nuestra sociedad, y señala los a su juicio tres puntos calientes, las tres cuestiones pendientes de la igualdad entre los géneros: la violencia contra las mujeres, el desigual reparto del trabajo doméstico y las dificultades que encuentran las mujeres para acceder a posiciones de auténtico poder. Nosotros nos cuestionamos el avance social inherente a que una mujer ocupe puestos tales como capitana general del ejército, o presidenta ejecutiva de una multinacional. Vemos más provechoso socialmente el modificar tales acumulaciones de poder y formas patriarcales de ejercerlo, para así acabar con las desigualdades; entre las más sangrantes, cierto es, las de género. Una mujer tiene perfecto derecho a llegar a presidenta del gobierno. Mas la injusticia social persiste para muchas mujeres y hombres si ella accede al cargo tan sólo para reproducir las viejas formas de ejercer el poder. Pongamos como ejemplo a la ex primera ministra conservadora británica Margaret Thacher.
Hablamos de violencia y nos viene a la mente la violencia física y psicológica en el entorno familiar. Querríamos tener presentes las otras violencias: los roles de género que la sociedad asigna respecto al propio cuerpo (la imagen corporal, la moda, la negación del envejecer natural), la sexualidad prefijada, la falta de equidad laboral, el menosprecio cultural de los valores considerados tradicionalmente como femeninos…
Aunque no nos sintamos satisfechos/as, algo hemos avanzado desde 2001, al menos en dos de los puntos que señaló Victoria Camps: en el tratamiento de la violencia de género y en el acceso a puestos socialmente relevantes.
Ante esta realidad bien documentada, nos entristece el discurso postmachista. Escuchar comentarios del tipo “si ya tenéis (las mujeres) todo, ¿qué más queréis?”, o “con tantas Bibianas sueltas por ahí, realmente hemos pasado de un extremo al otro.” nos lleva a pensar que todavía queda mucho por madurar en el imaginario cultural. Cuando alguien no ve un problema, quienes discuten o intentan solucionar tal situación “inexistente” producen perplejidad, confusión y buenas dosis de crítica y rechazo.
Evitemos la complacencia en lo ya conseguido, porque ni resultó fácil ni se logró con actitudes complacientes. Seamos todos y todas personalmente exigentes, y cambiemos personal y colectivamente lo necesario para que las desigualdades mencionadas pasen en unas décadas a la historia (no de un siglo para otro, como sucedió con los objetivos inmediatos del sufragismo) y la sociedad mayoritariamente las considere tan ajenas, tan antiguas y tan aberrantes como la disputa sobre el voto femenino. Está en nuestras manos: unas manos plurales, libres, manos femeninas y, cómo no, manos masculinas.
El Campamento Feminista Internacional "Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin", creado tras el terremoto de Haití, nos ha hecho llegar el comunicado de prensa que reproducimos a continuación. Las mujeres han sabido organizarse para protegerse de la violencia patriarcal en un momento tan delicado.
El alcance de esta violencia contra las mujeres es tal que incluso a aparecido en medios de comunicación como Público.
COMUNICADO:
La tragedia sufrida por el hermano pueblo de Haití el pasado 12 de enero, ha convocado la solidaridad feminista en todo el mundo y en especial de las feministas de América Latina y el Caribe que, reunidas aquí, en Santo Domingo ,los días 26 y 27 de enero, con la presencia de una representación del movimiento de mujeres haitianas, han acordado concretar su solidaridad con las mujeres de Haití y sus comunidades, mediante el establecimiento del Campamento Feminista Internacional "Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin”.
Myriam Merlet, feminista Haitiana, falleció en el terremoto. Foto: Paula Allen/V-Day
Es reconocido que las mujeres –especialmente en los países más pobres y Haití está entre ellos– viven en una profunda situación de desigualdad y de marginación, al tiempo que sus necesidades son invisibilizadas y casi nunca satisfechas. Esta situación –como ha sido ya reconocida también por organismos internacionales, movimientos feministas y de mujeres– empeora durante los momentos de emergencia y de desastres.
De igual manera, es también reconocido que cuando los recursos y apoyos se ponen en manos de las mujeres y sus organizaciones, éstos llegan a quienes más los necesitan, al tiempo que son mejor administrados y utilizados.
Hemos conocido de nuestras hermanas haitianas, que dentro de las dramáticas condiciones existentes, la atención a las necesidades específicas de las mujeres es muy limitada. Dentro de estas limitaciones, destacan muy especialmente que:
·La atención a partos y emergencias obstétricas –incluyendo los abortos espontáneos, a consecuencia de la situación, así como el tratamiento de infecciones vaginales– prácticamente ha desaparecido, incluso en los campamentos y centros de ayuda humanitaria, con las graves implicaciones y riesgos de daños y muertes maternas.
·Se requiere garantizar de manera inmediata la atención psicosocial, respetando las necesidades de las mujeres de todas las edades y estableciendo las condiciones que les permitan procesar el duelo.
Por otro lado señalan que:
·Es urgente tomar medidas para prevenir, proteger y sancionar la violencia de género en todas sus manifestaciones, cuya incidencia, se ha demostrado aumenta en situaciones como las actuales, sobre todo en los campamentos y lugares de refugio.
·Tomar en cuenta que el riesgo de trata de personas –especialmente mujeres y niñas– aumenta en situaciones de emergencia y caos como la actual.
El Campamento Feminista Internacional Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin es una iniciativa que busca responder a estas problemáticas de manera flexible y cambiante, que toma en cuenta las necesidades de las mujeres y las niñas. El Campamento es un espacio de referencia para la solidaridad internacional que hará posible que lleguen recursos directamente a las mujeres y a sus organizaciones y que estos contribuyan a la rearticulación del movimiento feminista y de mujeres de Haití y a garantizar su participación decisiva, en el proceso de reconstrucción del hermano país. El Campamento No es sólo es un espacio físico, sino una iniciativa de solidaridad que se expresa en múltiples formas y en cada una de las organizaciones y mujeres que se manifiestan y solidarizan con las mujeres haitianas.
Este Campamento tiene como prioridades inmediatas, respondiendo a la solicitud de las compañeras haitianas: abogar, incidir y monitorear para que las necesidades específicas de las mujeres y las niñas se incorporen en las agendas multilaterales y bilaterales de ayuda a la población.
Apoyar los esfuerzos de las organizaciones de mujeres haitianas y latinoamericanas para incidir en políticas públicas nacionales e internacionales sobre mitigación y reconstrucción, y en el caso de Haití, de refundación de su estado, gobierno y sociedad civil, conforme lo planteen las haitianas, recogiendo la experiencia de las organizaciones de las mujeres en la región en otros casos de desastres.
Aportar, junto con las compañeras haitianas, al diseño de políticas públicas que tomen en cuenta necesidades que han surgido con el terremoto natural y social que ha devastado ese país, especialmente en lo referente a discapacidad (incrementada en un porcentaje ni siquiera detectable en este momento), traumatología emocional generalizada, violencia de género y salud sexual y reproductiva.
Apoyar la recuperación de la memoria histórica del movimiento feminista y de mujeres de Haití.
Acompañar los procesos de duelo y dar apoyo psicológico para afrontar los diferentes efectos y consecuencias de los daños y pérdidas.
Reforzar la continuidad del Ministerio de la Mujer y de las instituciones del gobierno de Haití responsables de velar por los derechos de las mujeres.
Además de las acciones señaladas, el pleno de las compañeras aquí reunidas decidió, impulsar una Jornada de Homenaje mundial, este 8 de Marzo, Centenario de la instauración del Día Internacional de la Mujer, a las tres líderes: Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin y en ellas a todas las mujeres haitianas muertas en el terremoto.
Si a principio del s. XX las condiciones de vida de la clase obrera eran terribles, para mujeres y niños trabajadores lo eran aún más. Las luchas de obreras y obreros del textil de entonces están en el origen del 8 de Marzo, aunque el revisionismo histórico nos quiera convencer de lo contrario.
Varias reivindicaciones protagonizadas básicamente por trabajadoras textiles en Estados Unidos en un movimiento obrero genuino, tanto en 1857, como en 1908, 1909, 1910 y 1911, encarnan el simbolismo que rodea el 8 de Marzo, Día de la Mujer Trabajadora. De todos ellos, el incendio de la "Triangle Shirtwaist Company" de 1911 con la muerte de las obreras que el año anterior, 1910, habían protagonizado la primera huelga llevada a cabo exclusivamente por mujeres es el más significativo.
En 1910, a nivel mundial, el movimiento obrero estaba dotándose de herramientas para mejorar las espantosas condiciones de vida y trabajo causadas por el desigual reparto de la riqueza. Así nació la CNT ahora hace cien años y desde su congreso fundacional acordó que todas sus sociedades lucharían por el derecho de la mujer al trabajo asalariado y la disminución de su jornada laboral, además de denunciar la doble jornada que padecían, a fin de concienciar a sus compañeros para que actuaran en consecuencia.
La explotación de la mujer trabajadora recorre todos los continentes y sus explotadores pueden ser tanto hombres, como otras mujeres, pueden ser, también sus familiares. Año a año, se perpetúa esta triste afirmación, porque ese plus de explotación a lomos de las trabajadoras engorda las cuentas que los poderosos/as tienen en su paraíso.
En nuestro país son mucho más pobres que los hombres. Forman parte del cada vez más numeroso grupo de pobres con trabajo:
* Salario insuficiente: 80% de los contratos a tiempo parcial, 25% menos en el salario base y 70% menos en complementos variables y horas extraordinarias que los hombres, teniendo, además más cargas familiares, a pesar de estar cada día más sobrecualificadas. Y esto cuando no están en la economía sumergida cobrando “a la pieza”.
* Pensiones de miseria: Incapacidad, un 87% que la del hombre, jubilación: un 59% que la del hombre.
* Maternidad: La tienen que condicionar a la escasez de servicios para criaturas y familiares dependientes, la falta de corresponsabilidad de sus parejas y la imposibilidad de subsistir en esa situación. (18% de interrupción de embarazo, la mitad, mujeres inmigrantes) (el 43% de nacimientos de madre extranjera, ésta era soltera, doble que españolas).
* Salud laboral: Peor y encabezando los accidentes laborales graves (no mortales).
* Trabajadora extranjera: Situación aún más grave en todos los apartados, al trabajar en sectores con más desregulados (servicio doméstico, hostelería, agricultura) y no contar con apoyo familiar.
* Mujeres mayores: Pensiones de hambre, enfermedades crónicas por las condiciones en las que trabajaron a lo largo de su vida. Sus hogares, junto a los de los emigrantes, son los menos habitables.
En el mundo, la desigualdad de género, la falta de expectativas potenciales, la discriminación y la violencia contra las mujeres son la norma y no la excepción. Partiendo de que las mujeres trabajadoras están soportando la mayor explotación, las organizaciones de trabajadores reivindicamos:
* Igualdad laboral
* Distribución equitativa de actividades no remuneradas entre todos los que conviven.
* Disminución de jornada para todos
* Servicios comunitarios suficientes
Pero no todo es negativo, en estos cien años las mujeres trabajadoras encuadradas en auténticos sindicatos han conseguido mayores mejoras en sus derechos. Aquéllas pioneras enseñaron el camino de las asociación la emancipación es de cada una y de todas: La historia de las mujeres sindicalistas es una historia de elección y de renuncia, es una historia no concluida: dispuestas a luchar por nuestros derechos y con el apoyo solidario y coherente de los compañeros, superaremos nuestros lastres y alcanzaremos la emancipación total.
Granada año 0, o año 30, como se prefiera. Hace treinta años fueron las primeras jornadas estatales feministas en Granada.
Asamblea de Mujeres Serranas
Ya ha pasado un mes desde el encuentro estatal de organizaciones feministas y tras la resaca de esos maravillosos días (del 5 al 7 de Diciembre de 2009) ya tenemos en la red imágenes del encuentro y de la gran manifestación que recorrió las calles de Granada el día 6. Imágenes que nos remiten directamente a la diversidad del movimiento feminista actual, cuerpos diferentes: heteros, lésbicos, trans, queers. Identidades cambiantes, en continua evolución y revolución.
Mujeres negras, blancas, mulatas, mestizas, latinas o... de múltiples colores; mujeres vascas, catalanas, andaluzas, gallegas, castellanas o sin patria ni matria. Mujeres que se definen en función de varias identidades, o de una sola (las que más transitan en su momento vital). Mujeres solas, en grupo, resistentes, activistas, intelectuales. Mujeres jóvenes, maduras, viejas.
En esos días, estas tres mil mujeres reflexionamos juntas acerca de las nuevas identidades, los nuevos cuerpos, sobre el “sujeto feminista”, sobre la violencia machista, la prostitución, la transexualidad y la participación política de las mujeres jóvenes. La ley de dependencia, el cuidado, la ocupación, el autoconocimiento, la medicalización y control del cuerpo de las mujeres. El ecofeminismo, la soberanía alimentaria, y las realidades diversas de las mujeres migrantes. El amor, el deseo, el neoliberalismo, la globalización, la acción feminista, la maternidad, el sindicalismo, la autodefensa feminista... uffff. Y muchas cosas más. Talleres, charlas, mesas redondas, parloperformances, exposiciones, vídeos, documentales... Y nada, nada nos queríamos perder.
Con debate de nivel, a veces encendido, a veces contemporizador. Con explosiones y muestras de cariño y respeto. Con alguna salida de tono, todo hay que decirlo, pero bien manejada por las coordinadoras de las mesas. Con participación de muchas mujeres, el micro volaba literalmente por las salas llenas. Todas teníamos algo que decir. Queríamos participar, asentir, dudar, preguntar, disertar, contradecir. No siempre pudo ser, pero muchas mujeres tomaron la palabra, me atrevería a decir que muchas por primera vez en público, con nervios, con fuerza, con más o menos seguridad.
Todo nos parecía importante, tuvimos cada una que priorizar y elegir en qué taller o charla o mesa redonda queríamos estar. Las facultades de Arquitectura Técnica y de Ciencias bullían por el tránsito de mujeres, para arriba, para abajo, buscando las aulas, los salones de actos, los servicios. Y con el solecito todas juntas comiendo nuestros bocatas y frutas en el suelo, en bancos, con los puestos y tenderetes. Camisetas, libros pegatinas, octavillas, cuadernos, bolsos, hojas de firmas... Las jóvenes, las más talluditas, las maestras de las mesas redondas, las nuevas y las veteranas. Y Aminatu Haidar con nosotras desde el primer día, en nuestros corazones y en nuestra presencia en la calle.
Y llegó la manifestación. Recorrimos las calles granaínas con colorido, (predominaba el morado, violeta o malva, todo hay que decirlo), con pancartas y con la cofradía del mismísimo coño, con los cantos y las consignas, con la lesbianbanda retumbando en los callejones. Fuerza y poder feminista, creatividad y diversión feminista, sentir y actuar feminista. Todas distintas, todas a una.
Ved los vídeos, disfrutad, gozad y algunas recordad (con alguna que otra lagrimita seguro).