Zarzo Abierto

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Tag:haití

Eleusina.

El Campamento Feminista Internacional "Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin", creado tras el terremoto de Haití, nos ha hecho llegar el comunicado de prensa que reproducimos a continuación. Las mujeres han sabido organizarse para protegerse de la violencia patriarcal en un momento tan delicado.

El alcance de esta violencia contra las mujeres es tal que incluso a aparecido en medios de comunicación como Público.

 

COMUNICADO:

La tragedia sufrida por el hermano pueblo de Haití el pasado 12 de enero, ha convocado la solidaridad feminista en todo el mundo y en especial de las feministas de América Latina y el Caribe que, reunidas aquí, en Santo Domingo ,los días 26 y 27 de enero, con la presencia de una representación del movimiento de mujeres haitianas, han acordado concretar su solidaridad con las mujeres de Haití y sus comunidades, mediante el establecimiento del Campamento Feminista Internacional "Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin”.

Myriam Merlet, feminista Haitiana, falleció en el terremoto. Foto: Paula Allen/V-Day


 


Es reconocido que las mujeres –especialmente en los países más pobres y Haití está entre ellos– viven en una profunda situación de desigualdad y de marginación, al tiempo que sus necesidades son invisibilizadas y casi nunca satisfechas. Esta situación –como ha sido ya reconocida también por organismos internacionales, movimientos feministas y de mujeres– empeora durante los momentos de emergencia y de desastres.

De igual manera, es también reconocido que cuando los recursos y apoyos se ponen en manos de las mujeres y sus organizaciones, éstos llegan a quienes más los necesitan, al tiempo que son mejor administrados y utilizados.

Hemos conocido de nuestras hermanas haitianas, que dentro de las dramáticas condiciones existentes, la atención a las necesidades específicas de las mujeres es muy limitada. Dentro de estas limitaciones, destacan muy especialmente que:

·La atención a partos y emergencias obstétricas –incluyendo los abortos espontáneos, a consecuencia de la situación, así como el tratamiento de infecciones vaginales– prácticamente ha desaparecido, incluso en los campamentos y centros de ayuda humanitaria, con las graves implicaciones y riesgos de daños y muertes maternas.

·Se requiere garantizar de manera inmediata la atención psicosocial, respetando las necesidades de las mujeres de todas las edades y estableciendo las condiciones que les permitan procesar el duelo.

Por otro lado señalan que:

·Es urgente tomar medidas para prevenir, proteger y sancionar la violencia de género en todas sus manifestaciones, cuya incidencia, se ha demostrado aumenta en situaciones como las actuales, sobre todo en los campamentos y lugares de refugio.

·Tomar en cuenta que el riesgo de trata de personas –especialmente mujeres y niñas– aumenta en situaciones de emergencia y caos como la actual.

El Campamento Feminista Internacional Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin es una iniciativa que busca responder a estas problemáticas de manera flexible y cambiante, que toma en cuenta las necesidades de las mujeres y las niñas. El Campamento es un espacio de referencia para la solidaridad internacional que hará posible que lleguen recursos directamente a las mujeres y a sus organizaciones y que estos contribuyan a la rearticulación del movimiento feminista y de mujeres de Haití y a garantizar su participación decisiva, en el proceso de reconstrucción del hermano país. El Campamento No es sólo es un espacio físico, sino una iniciativa de solidaridad que se expresa en múltiples formas y en cada una de las organizaciones y mujeres que se manifiestan y solidarizan con las mujeres haitianas.

Este Campamento tiene como prioridades inmediatas, respondiendo a la solicitud de las compañeras haitianas: abogar, incidir y monitorear para que las necesidades específicas de las mujeres y las niñas se incorporen en las agendas multilaterales y bilaterales de ayuda a la población.

Apoyar los esfuerzos de las organizaciones de mujeres haitianas y latinoamericanas para incidir en políticas públicas nacionales e internacionales sobre mitigación y reconstrucción, y en el caso de Haití, de refundación de su estado, gobierno y sociedad civil, conforme lo planteen las haitianas, recogiendo la experiencia de las organizaciones de las mujeres en la región en otros casos de desastres.

Aportar, junto con las compañeras haitianas, al diseño de políticas públicas que tomen en cuenta necesidades que han surgido con el terremoto natural y social que ha devastado ese país, especialmente en lo referente a discapacidad (incrementada en un porcentaje ni siquiera detectable en este momento), traumatología emocional generalizada, violencia de género y salud sexual y reproductiva.

Apoyar la recuperación de la memoria histórica del movimiento feminista y de mujeres de Haití.

Acompañar los procesos de duelo y dar apoyo psicológico para afrontar los diferentes efectos y consecuencias de los daños y pérdidas.

Reforzar la continuidad del Ministerio de la Mujer y de las instituciones del gobierno de Haití responsables de velar por los derechos de las mujeres.

Además de las acciones señaladas, el pleno de las compañeras aquí reunidas decidió, impulsar una Jornada de Homenaje mundial, este 8 de Marzo, Centenario de la instauración del Día Internacional de la Mujer, a las tres líderes: Myriam Merlet, Anne Marie Coriolan y Magalie Marcelin y en ellas a todas las mujeres haitianas muertas en el terremoto.

SANTO DOMINGO
27 de Enero de 2010

 

Más información.

 

 

Recuperamos este texto de Eduardo Galeano de hace ya seis años por lo tristemente vigente de su contenido. Para que luego se hable de desastres naturales...

 

Eduardo Galeano

El primer día de este año [2004], la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.

Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.

Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que “confinar la peste en esa isla”. Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.

Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería. Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien. Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias.

Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del África. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos. De la maldición blanca, no se habló.

La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado:
–¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?
–El anterior.

–Pues, que se restablezca.

Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados. Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron “la deuda francesa”. Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21,700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.

A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación. Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.

En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.

 

En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública.

La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.

Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.

Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.

Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.

En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso.

Al otro lado, está el infierno negro. Sangre y hambre, miseria, pestes. En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.

Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad.

Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.

 
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