Un mañana, en un rodaje, un actor veterano y respetado empezó a hablar con un joven colega. Se trataba, tan solo, de un recién llegado que no había participado en más de ocho o diez películas, pocas buenas. Pero el talentoso viejo actor descubrió que su compañero tenía ciertas habilidades, a pesar de ser, hasta el momento, uno de esos muchos perdedores del gran montón de perdedores que acumula un sistema tan voraz como el que reina en Hollywood. Robert, el actor consagrado, decidió ayudar a Scott que, a pesar de no contar con padrinos o mecenazgos, parecía escribir bien. Después de semanas en el set, le recomendó que se dedicara a lo que realmente quería dedicarse y para lo que parecía tener habilidad, que contaría con su apoyo. También le dijo que ser un buen actor no era tan fácil como alguno/a creía, que no consistía en hacer gestos frente al espejo y hablar grave y cascado. Le habló de su amigo Jeff, que había vivido siendo grande, había sobrevivido haciendo de todo y hoy, con sesenta años, sería perfectamente capaz de interpretar al personaje que fascinaba últimamente a Scott; un perdedor, alcohólico, abúlico y desengañado y, a un tiempo, un poeta sabio y generoso.
Corazón Rebelde no es la primera historia que nos cuentan sobre el perdedor redimido, enamoramiento y desintoxicación mediante, pero si la primera de Scott Thomas (director). Y se ve que tiene ojo el pupilo de Robert Duvall (productor y actor). El gran cine ha tenido mejor puntería, en lineas generales, con los perdedores. Quizás porque las tramas no son tan flexibles hacia el exceso, quizás porque nos identificamos con esos personajes; desde el Eddie Felson de "El Buscavidas", hasta El nota de "El Gran Lebowski", pasando por el suicida Richard Farnsworth de "Una historia verdadera" -tan cercano a nuestro perdedor de hoy, al menos geográficamente- o por cualquiera de los Bukowskis del cine, el de Factotum, por ejemplo. O quizás, estos perdedores son los héroes que nos gustaría ser. Porque Bad Blake, el cantante de country en horas bajas que recorre un sur desértico en una camioneta desvencijada, tiene muchos de los defectos que podemos reconocer en nosotros mismos y algunas de las virtudes de las que carecemos.
Blake tiene, además, un pasado de éxito, con el fundamento del buen country que hoy escucha y escribe, un alumnillo aupado a estrella por convertir las raíces (those roots music) en melifluas sintonías para radio fórmulas y una sempiterna botella de güisqui entre los labios. Pero llega una oportunidad inesperada encarnada en una periodista "de condado" (lo mismo que ser aquí periodista "de provincias") que, contra todo pronóstico, provoca que Bad se enamore. El último cartucho.
Suena a tópico y lo es pero algo especial tiene este perdedor. Puede ser que le acompaña una música excepcional que podría hacer que más de uno se reconciliara con el country. O un guión serio y natural. Y unas interpretaciónes sobrias por parte de todos y todas, si exceptuamos la del pipiolo Colin Farrell que no encaja en un personaje que, a pesar de tener que sentarle como un guante, le queda grande.
Otro tópico, enorme y en muchos casos imperdonable, es el del final feliz. Por circunstancias personales se trata de un final que esperaba, como si viéndolo se pudieran exorcizar algunos malos augurios. Obviando las pequeñas confesiones, creo admirable la capacidad de los yanquis a la hora de hacer películas que podrían ser francesas si fueran un poco más aburridas. Y que te dan el final que esperas para pensar que la vida supera a la ficción también, ojalá, en lo positivo. Y en este caso concreto, volviendo al confesionario, me hace reconciliarme con esos grandes amigos, alcohólicos algunos de ellos, llenos de talento dipsómano y que, a pesar tener una piedra pómez por hígado, aun tienen muchas oportunidades. Va por tí, W.