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Invictus; circo, falta el pan

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Mandela o FreemanEn 1990, Frederik Willem De Klerk firma la excarcelación de un símbolo sudafricano e internacional. Para algunas eso fue el principio del fin para la Sudáfrica fascista que tanta sangre (negra) había costado verter. Para otras comenzaba un nuevo tiempo, propicio para la venganza después de tantos años de salvaje exclusión. Pero Nelson Mandela fue capaz de decepcionar todas las tendencias, salvando las tibias posturas intermedias.

No sólo no vieron cumplidas sus expectativas el fascismo y la venganza, también siguió existiendo un apartheid económico con un claro paralelismo en lo étnico, aquello que muchos de los miembros de su partido ponían por encima de lo racial, aspirando al panafricanismo y al socialismo. Se encontraron, después de tanta espera, con la falsa y siempre decepcionante socialdemocracia. A pesar de todo Mandela consiguió el cambio que anhelaba, una aspiración justa y lógica; la abolición del apartheid y la reconciliación nacional. Probablemente evitó un baño de sangre traducido en guerra civil a costa de renunciar a las aspiraciones ideológicas que movieron a la constitución del Congreso Nacional Africano tales como la reforma agraria o el reparto de la riqueza.

De cualquier manera hay que reconocer que una persona que aguanta 25 años en la cárcel sin claudicar y pierde a toda su familia por su sacrificio político o es un loco o alguien excepcional por su coherencia. Y Mandela no parece un loco.

John Carlin, Morgan Freeman y Clint Eastwood nos cuentan, a traves de una historia deportiva de las que tanto le gustan al periodista hispano-escocés, cómo un político inspirado descubrió la manera de unir a su pueblo, absolutamente fracturado, mediante una inesperada gesta deportiva. No con argumentos o con hechos, sino con patriotismo y más circo. Que en plena crisis económica, al borde de una nueva reforma laboral (¿porque darán tanto miedo, será porque en 35 años nunca han beneficiado a las trabajadoras/es?), nos aumenten la dosis de balompié parece un burdo somnífero para el pueblo. Allá en 1995, cuando Mandela era el Presidente de la República de Sudáfrica, perduraban como almejas asidas a las rocas todos los símbolos del apartheid. Entre ellos, los deportivos. Los negros jugaban al fútbol en los eriales de Soweto mientras los blancos practicaban rugby en campos verdes y bien regados. El equipo de rugby, los Springboks, era uno de esos símbolos de poder de los blancos. No son pocos los seguidores de Mandela que se sorprenden al ver la actitud de su lider, quien siempre animó a cualquier equipo, el que fuera, que se enfrentara a los Springboks y, en ese momento se convirtió en su gran apoderado. El equipo sólo contaba con un negro entre sus filas, Chester Williams, en un pais con un 85% de población negra. Obviamente era poco representativo a nivel demográfico y una auténtica alegoría del apartheid. Respecto a lo seguidores del equipo hay poco que decir que no sea deducible; afrikaners y bóers. En la ratonera en la que se convirtió el estadio de la final de la Copa del Mundo de 1995 entró Mandela, luciendo camiseta de los Springboks, entre aplausos de un público multirracial que había olvidado sus rencillas anteriores para animar a su equipo nacional. Negros que olvidaban su pobreza frente a la riqueza de sus vecinos blancos, blancos que olvidaban la repugnancia que les llevó a confinar y tratar de exterminar a los negros y una auténtica orgía de olvido elevó en palmas a los héroes nacionales que acabaron con el invencible rival, llevando el país a la reconciliación y la endogámica pobreza del capitalismo. Un reflejo fiel de la utilidad del deporte de masas en los tiempos que corren.

Al margen de panfletos, la película tiene el sello de Eastwood pero sin su genialidad. Convierte en relato deportivo a la americana una película que, en el fondo, tiene poco de deportivo. Las escenas tópicas de la población absorta mirando a la televisión, las de reconciliación imposible negro-policía, las de abrazo o sonrisa cómplice entre enemigos irreconciliables unidos por el rugby son creíbles en historias ambientadas en Ohio, por ejemplo, pero no en Sudáfrica. Aunque lo cierto es que nunca he estado allí y el imperialismo cultura es bien capaz de conseguir cosas parecidas e, incluso, peores.

Para despedirme y hacer frente a la despiadada crítica -para evitarla no diré que Matt Damon pasa por la cinta sin pena ni gloria- “contra todo y contra todos”, que diría mi madre, tengo que alabar la interpretación de Morgan Freeman. Un tipo con esa presencia, la familiaridad que despierta, la simpatía, incluso hasta cierto cariño, consigue con su oficio que te olvides del actor y lo confundas con el personaje, en este caso un Mandela extraordinario que servirá para mitificar aun más a un mito vivo que, a pesar de todo, se merecía un homenaje como este.

 

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Última actualización el Jueves, 25 de Febrero de 2010 11:33  

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